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Eliminando la victoria

Sep 22, 2026 • 5 min read • views

Traducido por Carlos Marcano

Si bien los salvamentos podrían estar en la cima de la lista de categorías rotisserie que los mánagers de fantasy quieren eliminar, las victorias no se quedan atrás. Hay una razón sencilla para esto, y es que los abridores están ganando históricamente menos juegos que nunca. En 1998, el primer año después de que la MLB se expandiera a 30 equipos, los abridores representaron el 71% de todas las victorias. Este año, esa cifra se ha desplomado al 57%, la segunda temporada más baja de la historia (sin contar la pandemia de COVID). Aunque los abridores aportan más que simplemente sumar victorias, resulta poco satisfactorio emplear una estadística que ha perdido relevancia para las organizaciones de Grandes Ligas. Si ya ni siquiera se espera que los abridores de las Mayores alcancen las cinco entradas, ¿qué sentido tiene mantener las victorias como categoría en el fantasy?

La apertura de calidad es una categoría sugerida con frecuencia como alternativa a las victorias. Pero si el hecho de que los lanzadores no puedan completar cinco entradas ya supone un inconveniente serio de cara a las victorias, es un dilema aún más grave para los seis innings que se exigen al adjudicarse una apertura de calidad. Además, pareciera que solo estás cambiando una frustración por otra. Probablemente el mejor argumento a favor de usar aperturas de calidad en vez de victorias es que resulta menos probable que un relevista te “arruine” una apertura de calidad, mientras que abundan las oportunidades para que ocurra una debacle similar con la victoria de un abridor.

Mi argumento para preservar las victorias de los lanzadores es que los relevistas forman parte de nuestro juego de fantasy y, cuando armas tu escuadra, parte de la tarea consiste en descubrir la fórmula más eficiente para estructurar tu roster. La postura contra las victorias suele sostenerse bajo la premisa de que las alineaciones activas en fantasy alinean siete abridores y dos cerradores; por ende, no parecería justo ni lógico usar una métrica que cada vez le cuesta más conseguir a un abridor. Durante años, mi réplica ha sido que esa es una disyuntiva en la confección del plantel y en las alineaciones semanales con la que deberías deleitarte. El esquema de siete abridores y dos relevistas se utiliza habitualmente no porque constituya siempre la mejor táctica, sino porque hacia allí apunta casi todo el análisis convencional. Tratar de descifrar qué relevista que no sea cerrador supera a un abridor de fondo de rotación demanda bastante más trabajo que limitarse a consultar uno de los tantos rankings disponibles para seleccionar a tu séptimo abridor.

En el pasado he planteado las entradas lanzadas como una alternativa superior a las victorias frente a la apertura de calidad. Ojo: “superior” no equivale a “perfecta”. Cada inning representa tres outs, con lo cual podrías objetar que estás añadiendo un rubro que duplica en parte lo que ya mide el ERA, además de que los ponches también constituyen outs, por lo que estarías dándole doble crédito a los serpentineros. Lo que me seduce de los innings lanzados como categoría es que otorga una cuota proporcional de “mérito” a abridores y relevistas, en vez de beneficiar de forma desmedida a los relevistas (victorias) o a los abridores (aperturas de calidad). Asimismo, suprime por completo el factor azar cuando un manager saca a un abridor tras 5.2 innings de labor, o cuando un relevista concede cuatro anotaciones en el octavo episodio y despoja a tu abridor del triunfo.

Existen motivos válidos y reprochables para emplear victorias, aperturas de calidad o entradas lanzadas como categorías de fantasy, pero a menudo estas controversias no brotan del descontento con el juego de fantasy en sí, sino de lo que acontece en el terreno de juego (y es habitual que ambos mundos se crucen). A los aficionados les exasperan los límites en los conteos de pitcheos, que los lanzadores sacrifiquen profundidad en sus aperturas para volcar “máximo esfuerzo” en cada envío, los bullpens larguísimos que habilitan a los managers a remover a los abridores prematuramente y los topes de entradas impuestos a los brazos jóvenes. Yo también echo de menos, hasta cierto punto, aquellas rotaciones y cuerpos monticulares de 10 u 11 lanzadores, pero no veo venir a nadie intentando enmendar esto, básicamente porque no creo que MLB lo perciba como un inconveniente.

Sospecho que se trata de un conflicto propio de lo que pasa dentro de las líneas de cal, pues el trasfondo tácito de este y otros reclamos apunta a lo que denominaré el Problema de Eficiencia de las Grandes Ligas. A lo largo de las últimas semanas, los aficionados han protestado ruidosamente por la frecuencia con la que los jugadores de posición han estado lanzando. Yo tampoco soy entusiasta de ver a jugadores de posición en la lomita, pero me desconcierta la intensidad y el volumen que han alcanzado estas quejas recientemente. Esta costumbre arrancó en 2018 y cobró verdadera fuerza a partir de 2021.

Comprender por qué los clubes retiran a sus abridores mucho antes que en épocas pasadas y por qué apelan a jugadores de posición en palizas desproporcionadas resulta sencillo. Sin embargo, había una magia especial en seguir un partido, observar a un abridor batallar en el sexto o séptimo episodio y preguntarse si tendría el coraje de fajarse una o dos entradas más. Y aunque las probabilidades de gestar una remontada descabellada en el noveno inning sean prácticamente nulas, animar a tu equipo en busca de esa hazaña sigue siendo entretenido. Enviar a un jugador de posición a lanzar no solo iza la bandera blanca de la rendición, sino que pulveriza la ilusión de que el encuentro que estás presenciando todavía tiene importancia.

Dicho de forma concisa: que un jugador de posición lanzara resultaba divertido e insólito cuando sucedía a lo sumo una vez por semana y en un choque que marchaba 15-1. En el momento en que se transformó en un mecanismo de ahorro de energía para evitar que Juan Bola de Humo lanzara en días consecutivos—evitando así que cediera una pizca de velocidad en su recta de 99 mph—el encanto se esfumó.

La eficiencia no es intrínsecamente perjudicial—el reloj de pitcheo ha enriquecido la experiencia televisiva desde casa—pero da la impresión de que nos están embutiendo la eficiencia a la fuerza a costa de esos pequeños matices excéntricos que dotan al béisbol de su encanto. No es que me fascinara ver batear a los lanzadores, pero resultaba cómico y simpático cuando un lanzador enganchaba una recta y la depositaba fuera del parque. Comprendo perfectamente por qué el béisbol adoptó el bateador designado universal y estoy a favor de la medida; no obstante, también reconozco que extraviamos una porción de esa bendita locura que hacía al béisbol tan entrañable en sus momentos más extravagantes.

Volviendo al beisbol de fantasía, este punto de rareza es una de las razones por las que disfruto usar las victorias de los lanzadores como categoría puntuable. Sí, sé que otorgarle victorias a lanzadores a nivel individual es una práctica insensata. Es probable que también lo sepas y no precisas que te recite la letanía de argumentos de por qué la victoria es un método absurdo para tasar la valía de un lanzador. Pero encierra un deleite genuino llevarte una victoria gracias a un relevista que toleró tres embasados y una carrera limpia en su entrada de relevo. Es ridículo y disparatado, mas rescato una pizca de satisfacción cada vez que sucede (y sí, también conlleva su cuota de agonía cuando mi abridor “pierde” una victoria por esa vía, en especial si favorece a mi rival).

Una respuesta extendida a la pregunta “¿por qué deseas extirpar las victorias del beisbol de fantasía?” suele ser “porque no retratan con fidelidad la realidad”. Es indiscutible, pero si lo que buscara fuera una emulación idéntica al beisbol que se disputa en el terreno, jugaría Strat-O-Matic o algún otro juego de mesa de béisbol. Yo juego beis de fantasía porque me resulta fascinante, no porque sea un reflejo milimétrico de la disciplina en el diamante. Tampoco me voy a inmolar bajo la consigna de “jamás jugaré en una liga de fantasía sin victorias”, pero la verdad es que tampoco tengo prisa alguna por desterrar la categoría.

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